Vida Secreta

Un casi diario de lecturas, viajes, paseos y reflexiones

lunes, marzo 27, 2006

Caminos sin retorno


Domingo lleno de gente a mi llegada a Málaga. Desde el viernes noche celebración tras celebración, como en una película del Dogma vasos llenos de vino pasando por delante de mis ojos celebrando la vida, con demasiado ruido, con demasiado poco tiempo...
El sábado compro libros en Luces y flores en la Alameda Principal, para llevarle esos regalos a una amiga, con flores a María, porque María se llama mi amiga. Parece que me he escapado del día de Sant Jordi, libros y flores, flores y libros, en una Alameda que parece un pariente lejano de las Ramblas de Barcelona. Solamente el sol apabullante del Mediterráneo nos acerca a la ciudad de los prodigios. Y otra vez otra celebración más.
Pero para prodigio, lo que me esperaba el domingo a mi vuelta a Sevilla: la iglesia del Hospital de la Caridad, donde se guardan los lóbregos lienzos de Valdés Leal, se llenaba a la noche con la música de Marin Marais, Couperin y Saint Colombe. La música salía de la viola de Jordi Savall. Y mientras la música ascendía a la cúpula de la iglesia mi cabeza no paraba de dar vueltas llena de referencias culturales: allí estaba la arquitectura barroca, la pintura de Valdés Leal -sic transit gloria mundi-, la música del Gran Siglo Francés, las manos de Savall, el libro Todas las mañanas del mundo de Pascal Quignard, autor que da título a este blog, la película de Alain Corneau... Y pensaba en la necesidad del hombre por hacer cosas bellas, por crear la música, por inventar un instrumento como la viola da gamba, por escribir frases como "todas las mañanas del mundo son caminos sin retorno". Las mañanas son caminos sin retorno: no hay vuelta atrás. Pero nuestras mismas vidas son caminos sin retorno. Todo lo que dejemos sin hacer no tiene solución. Por ello me preguntaba qué desperdicio es terminar cada día -cada camino sin retorno- sin haber leído una frase cautivadora, sin haber escuchado una cadencia musical hermosa, sin haber olido una flor, sin haber oído pronunciar nuestro nombre...
¿Será la primavera lo que me pone asi?

miércoles, marzo 15, 2006

Azzurro


Se respira por las calles de la ciudad de Sevilla el bullicio de una ciudad viva. El gentío se agrupa en las calles llenándolas de color, de gente, de ruido. La primavera acecha en cada esquina, y el sol se asoma ya amenazándonos con el calor que se aproxima.
En esta época es fácil encontrar un milagro en cada rincón, porque la vida renace y penetra en cualquier parte. Después del invierno mortecino todo cambia, para que nada cambie, como dijo un día Giuseppe Tomasi di Lampedusa en su libro El Gatopardo.

Precisamente hablando de italianos, ayer encontré un milagro en plena calle, concretamente en la plaza de El Salvador. Mientras la gente paseaba distraídamente, o tomaba algo sentada en las terrazas a la sombra de los naranjos, un grupo de cuatro muchachos italianos y desvergonzados cantaban y hacían sonar un contrabajo, una guitarra, una caja de percusión y unas maracas. Interpretaban la canción que Adriano Celentano, il grande, convirtió en uno de los himnos oficiosos de Italia y su selección de fútbol: Azzurro.

La letra de esa canción habla de la promesa de felicidad del verano: Cerco lèstate tutto il anno e allìmproviso eccola qua. Uno también busca el verano todo el año, el verano como época de los placeres y de las risas. Y de improviso llega ese verano a nuestras vidas. Un verano que pretende ser la plenitud, pero que no deja de ser, realmente, el comienzo de nuestra decadencia vital, la época en la que nuestros errores y omisiones se hacen patentes. Hasta que, de repente, llegue el último verano. La canción sigue hablando de que el amor cambia de sitio en verano y uno se queda sin recursos cuando ese amor se va. E allora io quasi quasi prendo il treno e vengo, vengo da te. Ma il treno dei desideri nei miei pensieri all'incontrario va. Pretendemos coger el tren para ir en busca de ese amor, de nuestros más fervientes deseos, pero el tren de los deseos en nuestros pensamientos, siempre marcha en el sentido contrario al correcto.
Azurro, queremos que nuestro verano sea azul, pero es ocre y no tiene marcha atrás.
Celentano lo sabía y, sin querer, compuso un himno que toda Italia canta sin saber que cantan una despedida.

martes, marzo 14, 2006

Celebrar la vida con palabras


Acaso en un verso de un buen poeta es donde se refleja mejor su universo. Hay veces que el título de un poema nos transmite más cosas que una larga novela de esas de la "nueva narrativa española" o de las del realismo cotidiano norteamericano. Y, por supuesto, cualquier breve poema auténtico de no más de sesenta palabras, nos dice muchas más cosas que una tarde entera viendo "talk shows" en cualquier canal de televisión.
Acabo de releer "Muerte en el olvido", del gran, gran Ángel González, asturiano de Nuevo México, grande y serio como un roble, que se ríe de todos con su mirada, y que bebe como un batelero del Volga. "Muerte en el olvido", poema con título de novela de Agatha Christie, resume todas las penas de amor que un ser humano pueda tener en toda una vida. Eso no saben transmitirlo ni diez horas de "El show de Oprah", ni veinte de cualquier bazofia televisiva. Son pocas palabras, no muchas, y guardan el alma de todos nosotros dentro. Quizá habría que llevar siempre los bolsillos llenos de poemas, para cualquier ocasión, para los males de amores, para las muertes, para los olvidos, para los gozos, para el sexo, para la vida. Celebrar la vida con palabras y brindar, en vez de con vino, con poemas.
Por eso, hoy recuerdo esos versos:
MUERTE EN EL OLVIDO

Yo sé que existo
porque tu me imaginas.
Soy alto porque tu me crees alto,
y limpio porque tú me miras
con buenos ojos,
con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso.
Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie lo sepa.
Verán viva
mi carne, pero será otro hombre
-oscuro, torpe, malo- el que la habita...

lunes, marzo 13, 2006

Los Campos Elíseos



Los Campos Elíseos son el nombre de la avenida más famosa de París, como todos sabemos. Esto es una obviedad, pero no pienso pedir excusas por decir obviedades. Los parisinos, pueblo culto y refinado, como buenos amantes de la mitología griega, tomaron prestado el nombre de esa cultura, donde dichos campos eran la morada de los muertos, reservados a las almas virtuosas, el equivalente al paraíso cristiano, inventado posteriormente.
Los Campos Elíseos es, también, el nombre del último libro de Pablo García Baena, uno de los pocos grandes poetas que nos van quedando para iluminar las zonas oscuras de la vida con su verso delicado y sonoro. El primer libro que publica en veinticuatro años, editado en Pre-Textos. Con un título absolutamente elegiaco, una despedida ya en toda regla. Pude abrir las páginas de este último libro suyo el pasado fin de semana, tras pasar unas horas de risa, chismes y copas con él en nuestra querida Córdoba. Entre los placeres que me depara la vida de vez en cuando (al margen de una botella de Martué o de Enate, o una ensalada Chez Alex, las mejores del mundo), está la de poder compartir momentos de amistad con este hombre menudo y divertido, con sus ojos pícaros que han visto mucha vida y mucho mundo, propio de quien ha vivido mucho, y no hablo de edad, porque como él dice; “hablar de edad es propio de cocheros”.
Uno comparte pocas cosas con Pablo, qué más quisiera yo que poder comparar mi tosco estilo con el de un Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Pero sí que comparto el ser cordobés como él y el sentirme profundamente vinculado a la Ciudad del Paraíso, Málaga, en la que él vivió más de treinta años antes de volver a su Córdoba quieta y mortecina de plazas y tabernas. Uno se imagina a Pablo, caminando por las cuestas de Benalmádena, llenas de buganvillas y de luz cortante reflejada en las paredes de cal, hacia el mar, donde posa sus ojos y recuerda. Recuerda su vida, los poetas, las celebraciones, el olvido. Recuerda a Brigitte Bardot, descalza, paseando su belleza animal por la calle San Miguel de Torremolinos. Recuerda la Creperíe Ma Bretagne, en su local primitivo. Recuerda las noches del Bronx. Recuerda la alta madrugada y su ginebra, las noches que, a veces eran más largas, más amargas, más lentas. Recuerda a quien no era el amor y se llamaba Antonio. Y esos recuerdos dirigen su pensamiento a los Campos Elíseos, que esperan a quienes han vivido tanto y tan plenamente.
Por ello uno comprende la fascinación por la palabra escrita, por esa música débil enredada en los dedos que hace que veamos otras dimensiones de la vida, que nos permiten mirar a través de los ojos de los otros como si fueran los nuestros. ¿Cómo si no se explica que un verso de Pablo escrito hace muchos años pueda definir parte de mi existencia, como si lo hubiera escrito pensando en mi? "Junto a las olas yo también soy libre". Y es que, junto al mar de Málaga yo también fui libre.

viernes, marzo 10, 2006

Un comienzo


Vida Secreta es el título de un libro de Pascal Quignard, seguramente uno de los mejores narradores de la Francia actual. ¿Por qué Vida Secreta para dar título a un blog? Quizá porque todos tenemos una cierta vida secreta, que se agazapa entre las páginas del libro que tenemos entre manos, o que se esconde en la butaca vacía de una sala de cine a oscuras. Supongo que yo busco tener esa vida secreta en los libros, en las películas, en la música. Es una vida que hay que vivirla a solas porque es secreta, porque nadie nos conoce tanto como para saber cómo funcionan nuestros resortes emotivos y sensitivos más escondidos. Y en nuestro afán de exhibicionismo (al menos en el mío) deseamos que otros observen nuestra vida secreta, quizá para sentirnos menos solos. Se que suena contradictorio, pero mi naturaleza lo es.
Ignoro adonde puede llegar esta bitácora, que no pretende ser un diario íntimo, pero sí un diario de esa vida escondida entre lecturas, cine y viajes. Tampoco se cuanto tiempo durará, porque conozco bien mi pereza para estos asuntos. Pero, sin duda, la aventura aparece como interesante.
Me acabo de mudar dentro de Sevilla (no a mi añorada Málaga, ojalá) y mi vida es un caos. Todos mis libros están metidos en cajas a la espera de la mano que los salve de la tumba. Y me esperan, cada uno en su escondite, Alice Munro, Juan Carlos Onetti, Elfriede Jelinek, Luis Muñoz, Joseph Brodsky, Paul Auster, Ana Ajmatova, Anton Chejov o Pascal Quignard. Todos me han salvado de la melancolía. Siempre llevo a alguno de ellos en la cabeza mientras paseo mi destierro por las calles de Sevilla.
¿Por qué los libros siempre nos salvan?